28 de diciembre de 2016

Cap. 8: Una lengua que ya ni Dios habla

El Padre Alberto temblaba incontrolablemente ante la visión del cadáver del Ciudadano Ministro que, tirado en el piso sobre un charco de sangre, le recordaba que no había institución a salvo de la ira humana, ni siquiera la suya, tan cercana al poder político y ligada al poder de Dios. Atado de manos, observaba cómo aquella extraña pareja sacaba por la parte de atrás de la sacristía las preciadas cajas de comida que con tanto esfuerzo acaparó para vender a quienes pudiesen pagar los sagrados diezmos que cobraba: generalmente, píos funcionarios de gobierno como el Ciudadano Ministro, quien ese domingo acudió de madrugada «al abasto de El Señor», como solía decir, arrancando carcajadas al párroco.

6 de octubre de 2016

Cap. 7: Épica del miedo

Estaba sentado en la acera con la espalda apoyada en la pared, las piernas estiradas, los brazos a los lados, caídos, con las palmas de las manos hacia arriba. Miraba hacia su ombligo, como quien se ha quedado dormido justo en el último cabeceo y no vuelve a espabilarse. Todo en él era la imagen del hombre que se deja vencer por el agotamiento –o quizá por la borrachera, en una calle apenas iluminada por los primeros rayos del sol, de no ser por un detalle: era un trozo de carbón. La piel había sido chamuscada hasta convertirse en una costra negra y cuarteada que, en algunos lugares, se fundía con la ropa gracias a la lenta combustión a la que fuera sometido el sujeto.

14 de septiembre de 2016

Cap. 6: Tres… comacatorcedieciséis

Transcurrieron minutos largos de un silencio sólo interrumpido por los truenos, en los que Eugenio miraba alternativamente la barra de acero, la bolsa de alimentos, el perro, la anciana y, finalmente, a la chica que, en posición fetal, descansaba su cabeza sobre el regazo de Teresa. Julia parecía dormida, pero él presentía en ella un estado exacerbado que la mantenía alerta a todo cuanto ocurría a su alrededor. Por otro lado, el perro lo tenía claro: sentado sobre sus cuartos traseros, miraba fijamente a Eugenio y observaba de reojo a la muchacha como esperando una orden. La vi salir del callejón, bajo la lluvia. Cuando bajé, la encontré parada en la entrada del edificio, dijo Eugenio. Apenas abrí la puerta dijo «Teresa» y se sentó en el piso temblando, por eso la traje, dijo Eugenio detallando el movimiento errático bajo los párpados de Julia.

10 de septiembre de 2016

Cap. 5: Canis lupus familiaris

Julia se limpió la boca con el dorso de la mano sin apartar los ojos del policía. Temblaba de rabia y la humillación humedecía sus ojos. ¡Ay, no te pongas así! Ese es el precio que debes pagar por hacer lo que haces, dijo él mientras subía la cremallera. Podría ser peor. Podría quitarte algún producto de la bolsa, o toda, continuó mientras jugaba, amenazante, con el seguro de la pistola. No sé cómo lo haces, pero obviamente no te las regalan y no tienes mucho que ofrecer a cambio, la frase estuvo acompañada de un manoseo intencionalmente torpe de los senos de Julia. En fin, no me importa. Todos tenemos derecho a comer y mientras seas obediente, te quedas con la bolsa, dijo mientras daba la espalda a Julia para marcharse. Morgan observaba atento al policía, quien guardó la pistola entre su espalda y el cinturón y al hacerlo, el perro supo que era su momento.

24 de agosto de 2016

Cap. 4: Refugios de donde huir

Si lo miras detenidamente puede que encuentres belleza en él. Siete pisos de historias, alumbradas precariamente por las noches, se apilan en su herrumbre. Aquella mañana, el sol naciente hurgaba entre las grietas de la fachada, revelando el leve movimiento de las antenas de las hormigas quienes esperan, disciplinadas y muchas, por la primera feromona que incite a la marcha. En la escalera de entrada, pequeños hierbajos asoman entre la unión de los escalones y salpicadas por aquí y allá, manchas de mugre dan fe del paso del hombre por la existencia de la piedra. El pasamano derecho, vulnerable y leproso, comienza a perder pedazos y bajo el brillo del sol sus escamas se expanden como pétalos de flores férricas y oscuras.

20 de agosto de 2016

Cap. 3: Mañana es sólo un adverbio de tiempo

Julia contemplaba hipnotizada las bolas de masa flotando en el aceite hirviendo. El olor característico de la fritanga hacía crujir su estómago y la salivación excesiva la obligaba a tragar tratando de impedir, inútilmente, que escapara por la comisura de sus labios. De vez en cuando apartaba los ojos del espectáculo para mirar a Morgan, quien la observaba expectante, sentado a su lado, confundido sobre el estado de ánimo de su amiga, pues la chica sonreía con la tristeza muda y desamparada, típica de quien llegó tarde a salvarse. Vigila esos buñuelos, querida, procura que no se quemen, escuchó decir a la anciana quien se afanaba en colocar en orden la mesa.

14 de agosto de 2016

Cap. 2: El Estado de las cosas

Las posesiones de Julia sumaban harapos, periódicos, cartones, hambre y un perro de raza imprecisa que la seguía a todos lados. Morgan, lo llamaba ella. Lo encontró cobijándose de la lluvia en el zaguán en que acostumbraba dormir y sin pensárselo mucho, le hizo espacio entre los cartones para que se echara a su lado. Era vieja, Julia: diecisiete años, cuarenta y cinco kilos, tres violaciones e interminables noches de miedo la convirtieron en el despojo que era.  Pero además, Julia era una furia y estaba destinada al fuego.

9 de julio de 2016

Cap. 1: Las condiciones objetivas

¿Me lo puedo llevar?, dijo en voz baja al médico que revisaba el vendaje. ¿Perdón? ¿Cómo dice? El galeno lo observó con desconfianza. Usted sabe… ¿si me lo puedo llevar?, dijo el hombre señalándose con el mentón el muñón en el que alguna vez estuvo su brazo izquierdo. ¡Pero señor, cómo se le ocurre que!… Era la petición más insólita que había escuchado. Pero es mi brazo, ¿no? Debería poder quedármelo, dijo el hombre, urgido y avergonzado al mismo tiempo. Señor, su brazo llegó pendiendo de una pequeña porción de músculo y con los huesos casi triturados por completo. ¡Ni siquiera parecía un brazo! Además El hombre lo interrumpió con un ademán de su mano derecha: Ajá, pero había carne, ¿no? El doctor retrocedió un poco y por breves segundos detalló el aspecto famélico del hombre. Sintió arcadas que intentaron obligarlo al vómito. Volvió a acercarse y casi pegó su rostro al del paciente. Usted no estará pensando en… ¡ay, Dios! Iba a decir algo más pero salió corriendo de allí, huyendo del horror.