Cap. 7: Épica del miedo

06 octubre 2016

Estaba sentado en la acera con la espalda apoyada en la pared, las piernas estiradas, los brazos a los lados, caídos, con las palmas de las manos hacia arriba. Miraba hacia su ombligo, como quien se ha quedado dormido justo en el último cabeceo y no vuelve a espabilarse. Todo en él era la imagen del hombre que se deja vencer por el agotamiento –o quizá por la borrachera, en una calle apenas iluminada por los primeros rayos del sol, de no ser por un detalle: era un trozo de carbón. La piel había sido chamuscada hasta convertirse en una costra negra y cuarteada que, en algunos lugares, se fundía con la ropa gracias a la lenta combustión a la que fuera sometido el sujeto.


Alrededor del cadáver habían dispuesto en un semicírculo empaques vacíos de productos considerados los más buscados: una lata de leche, una bolsa de arroz de dos kilos, dos paquetes de pasta larga, una bolsa de azúcar, varias cajas de crema dental, un paquete de harina de maíz y, cosa extraña, una cajetilla de cigarrillos. Qué raro, se dijo el detective quien, en cuclillas, examinaba este curioso objeto que desentonaba con el resto.


El detective se incorporó y repasó con la mirada el semicírculo recorriéndolo en el sentido de las manecillas del reloj, comenzando con la lata de leche hasta terminar en la cajetilla de cigarrillos. Después se detuvo por un instante en el cadáver para luego levantar la mirada y leer, una vez más, el grafiti en la pared justo encima del cuerpo: «juguemos con fuego».


***


El debut de la frase –nunca mejor dicho, se remontaba a dos meses atrás, durante la transmisión de un partido de béisbol. Pedro Gañate, cuarto bate de Los Jornaleros del Llano, conectaba un jonrón descomunal, de esos en los que el choque de la bola con el bate produce un tock audible mucho más allá del estadio. El caso es que la cámara, al seguir la trayectoria de la pelota que ascendía por el centerfield, termina encuadrando la salida del bólido justo cuando se desplegaba una inmensa pancarta que ponía «juguemos con fuego». Fue épico. El estadio enloqueció. El narrador gritaba, los fanáticos aullaban y Gañate trotaba lentamente hacia el home señalando con el dedo la gigantesca pancarta que celebraba el cuadrangular ganador del primer campeonato para Los Jornaleros. La prensa atribuyó la pancarta a algún fanático entusiasta y el encuadre de la cámara se repitió como un eco en las primeras páginas de los diarios. Después del estadio, enloquecería Ciudad Bendita.


Al principio a nadie le extrañó que la frase se hiciera viral e invadiera toda la ciudad. Hasta que comenzó el fuego. Primero un abasto del cual se salvó sólo la pared en donde estaba escrita. Después una iglesia, luego un juzgado, a continuación un banco, les siguió una alcaldía. Todos con el mismo patrón: pared intacta, frase legible. La policía no hallaba qué hacer y no se producían arrestos. Luego sucedió lo impensable. Una mañana la frase apareció sobre una de las vallas en donde los ojos de El Gran Padre vigilaban la cotidianidad de sus hijos. Advertidos del peligro, las autoridades retiraron inmediatamente la valla pero no evitaron que ardiera la de enfrente y es que, cuestión de método, la una estaba marcando a la otra, después de todo, ¿cómo preservarías sólo un pedazo del vinilo? Fue demasiado. Las autoridades necesitaban un culpable urgentemente, había que aleccionar a la población. La imagen de un pelotero señalando una pancarta en su recorrido triunfal al home les dio lo que necesitaban.


La prensa hizo lo suyo: «Detenido Pedro Gañate». «Pedro Gañate, el hombre del fuego». «Gañate conspiraba». «Los Jornaleros se desmarcan». «El Traidor sentenciado». En pocos días el jonronero pasó de ser héroe deportivo a traidor a la patria. Daños colaterales, llaman a eso.


***


Dime, Rodríguez, para qué querías verme, la voz trajo de vuelta a este mundo al detective interrumpiendo la cadena de sucesos que construía mentalmente. Rodríguez señaló el cadáver diciendo Parece que nuestros casos se cruzan, encendió un cigarrillo y se hizo a un lado para que su colega examinara la escena del crimen. ¿Qué tiene que ver esto con el asesino del tubo?, dijo sonriendo el recién llegado. Mira aquí, Rodríguez señaló la nuca del cadáver. El detective Corona, que así se llamaba, acercó el rostro e hizo una mueca de espanto al ver la fractura abierta en la base del cráneo. ¡Por Dios, no me acostumbro a esto!, se alejó del cadáver y dio vueltas para mirar a la gente que se agolpaba detrás de la barrera. Ok, o trabajaron juntos o son el mismo tipo, ¿qué opinas?, preguntó Corona mientras se llevaba un caramelo de menta a la boca para combatir la náusea. Que podría ser un tercero rindiéndole homenaje a sus ídolos, dijo Rodríguez para luego añadir, al ver el gesto de duda de su colega: Hay un elemento nuevo: hasta donde sé, ni el asesino del tubo ni el pirómano dejan mensajes en la escena del crimen, señaló los objetos en semicírculo y esperó por la respuesta. Corona se tomó un tiempo. Sopesó las palabras del detective mientras observaba los objetos dejados alrededor del cadáver. Levantó el rostro y se quedó unos segundos viendo a Rodríguez a los ojos. Hablamos luego, fue todo lo que dijo antes de marcharse.

Un perro se coló entre las personas y comenzó a olisquear alrededor del cadáver. Rodríguez le lanzó una patada para ahuyentarlo provocando una reacción adversa del público. El perro abandonó rápidamente la escena del crimen, pero en cuanto pasó por el bosque de piernas se detuvo un momento y observó a Rodríguez discutiendo con la gente. Después se alejó despacio.


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