28 de enero de 2018

Cap. 13: Little did we know

<<Tómese unos tragos en El Bar de Lucifer, allí encontrará la voz>>

Eugenio leyó las palabras mientras bebía un sorbo del ron que acababa de servirle la bartender. Tomó el sobre que había dejado sobre la barra y volvió a leerlo: <<Para Eugenio Torres. De Una Amiga…>> “Allí encontrará la voz”. ¿Qué coño quiere decir eso?, pensó. Se dio vuelta y paseó la mirada por el bar detallando a las pocas personas que poblaban las mesas e intentó en vano identificar a alguien. No reconoció a nadie. Eso no era extraño, después de todo, había dejado de frecuentar ese lugar varios años atrás, cuando su salario comenzó a mermar cada vez más hasta quedar convertido en una referencia digital en su cuenta de nómina. Una amiga. ¿Quién será?, se preguntó mientras acababa el trago a palo seco.

La bartender se acercó con la botella y le sirvió otro trago sin preguntar. Eugenio detalló a la mujer: morena, voluptuosa. Llevaba el cabello al estilo rastafari. Su antebrazo derecho estaba cubierto de tatuajes extraños y multicolores. Mandalas, pensó. Una argolla de metal atravesaba su labio inferior justo en el centro. Le pareció atractiva pero de una manera extraña, indefinible. Repentinamente se dio cuenta de que la mujer había dejado de servirle y lo observaba detallarla. Ella sonrió una sonrisa infantil y Eugenio se sonrojó. Bajó la mirada al sobre y volvió a leer. Se preguntó si no habría un error y él estuviese disfrutando de unos tragos originalmente destinados a alguien más. No. Esto estaba en mi buzón y dirigido a mí. Yo soy Eugenio Torres, no hay error. Pero quién…

—Sinatra. La voz de la bartender interrumpió sus pensamientos y Eugenio levantó la mirada para toparse con su sonrisa. Ella, al ver la cara de extrañeza de Eugenio, dio dos golpecitos en el sobre con el dedo. Frank Sinatra, el cantante. Lo llamaban La Voz. Disculpe, no pude evitar leer el sobre, agregó apenada, pero sin abandonar la sonrisa infantil.

¡Ah, claro, claro! Pero no se me ocurre qué pudiese significar eso de “allí encontrará la voz”, dijo Eugenio devolviendo la sonrisa. A menos que resucitara y estuviese lo suficientemente loco como para venir a este país, no veo cómo podría encontrarlo acá. Eugenio agradeció con un gesto el pequeño plato con aceitunas que la mujer colocó frente a él en la barra. Ella se dio vuelta para colocar la botella de ron junto a las otras en el estante y él aprovechó para ver su trasero.

— Quizá debería poner una de sus canciones. Hay varias en la rockola, dijo ella de espaldas a él. Eugenio levantó la mirada y se dio cuenta de que detrás de las botellas había un espejo desde donde ella, divertida, lo atrapó mirándole el trasero. Tranquilo, no pasa nada, dijo ella cuando Eugenio desvió nervioso la mirada a otro lado. En serio, a lo mejor la clave del misterio es una canción de Sinatra, agregó la mujer. La bartender tomó un taburete y se sentó frente a Eugenio. La barra como frontera.

— No me gusta Sinatra, dijo Eugenio acabándose el ron de un trago. La mujer se giró para tomar de nuevo la botella, pero esta vez no se levantó. Al quedar cara a cara con él sonrió pícara y extrajo un vaso más, para ella, de un compartimiento debajo de la barra. Sirvió dos tragos.

— Mmmmm. Bueno, hay a quien Sinatra le parece muy dulce, dijo ella al tiempo que levantaba el vaso a manera de brindis. ¿Ese es su caso?, remató divertida.

Eugenio detalló, esta vez sin avergonzarse, la hermosa boca de la mujer, una boca que sumaba a la sensualidad de los gruesos labios, gestos descaradamente infantiles. Tragó saliva. Dulce era Sarah Vaughan. Sinatra era edulcorado, a lo sumo, respondió él con media sonrisa. ¡Estoy coqueteando con esta mujer!, pensó asombrado y se acabó el trago de un sorbo. ¿Queremos otro?, preguntó divertido por su repentino —y poco usual, todo hay que decirlo— arrojo. ¿Por qué no?, dijo ella y sirvió dos más.

Eugenio iba a decir algo pero lo interrumpió la voz de Sarah Vaughan quien desde la rockola tomó por asalto el local cantando Lover Man. Cerró los ojos y se dejó llevar por la música, esa curiosa forma del tiempo. Con la oscuridad detrás de los párpados, comenzó a imaginar a la vocalista cantando para él detrás de la barra y entonces escuchó el susurro en su oído izquierdo: The night is so cold and I'm so alone / I'd give my soul just to call you my own / Got a moon above me / But no one to love me / Lover man, oh, where can you be?. Abrió los ojos y  la bartender se separó sonriendo. Lo miró fijamente por unos segundos. Era maravillosa, ¿no es así?, dijo ella y esta vez la sonrisa no era infantil. Eugenio tragó saliva. Queremos otro, ¿verdad?, remató la mujer sirviendo dos tragos. Él asintió.

Hay veces en que la memoria es inoportuna y los recuerdos regresan cuando no deben. Mientras veía las gráciles manos de la bartender servir los vasos, lo asaltó la imagen de su esposa aquella noche en que anunció su partida. Lo siento, pero este país solo va a empeorar. Me voy, Eugenio. Me llevo al niño. Después todo fue silencios.

Eugenio decidió matar su oportunidad. Solía venir a este bar hace unos años y siempre me pregunté por qué se llama El bar de Lucifer, dijo en tono casual, más cliente, más estoy de paso. La mujer notó el cambio repentino. Se levantó del taburete. Tomó la botella y la colocó junto a las otras. Botó el contenido de su vaso en el fregadero y lo dejó allí. Luego se volvió hacia él. Parecía triste. Quizá porque es un lugar amable y los precios son solidarios, dijo. La música dejó de sonar.

— Síp. Puede ser, dijo Eugenio apurando el trago. Luego sacó varios billetes de su bolsillo y los puso en la barra. Cuando se disponía a marcharse la mujer decidió intentar un último acercamiento.

— Por cierto me llamo África, ¿y tú?, dijo la bartender. Eugenio vaciló por un momento. No tengo nombre, respondió. Ella lo miró confundida. ¿No lo recuerdas?, preguntó intrigada. Eugenio le dio la espalda. No tengo, dijo y salió del bar.

Afuera, la noche y la lluvia se confabularon para marcar a Eugenio con otra pérdida. Solo había caminado unos pocos metros cuando un pesado panel de cristal se desprendió de su marco en un edificio en construcción. Cuando lo vio venir apenas tuvo tiempo de levantar el brazo izquierdo en un inútil gesto de protección. Después fueron los gritos.

***

Hay veces en que la memoria es inoportuna, pensó Eugenio mientras veía al Detective Rodríguez entrar al bar. Cruzó la calle a la carrera, para encontrarse con Julia al doblar la esquina.

2 de enero de 2018

Cap. 12: La urdimbre

Corona tragó grueso y lentamente se separó de Teresa. Trató de recomponerse y adoptó una postura erguida en su silla sin quitar la vista de los ojos de la mujer quien repentinamente sonrió, aparentemente relajada. Cuidado, Corona, esta mujer es peligrosa, pensó.


¿Por qué... o para qué, me convocó aquí?, dijo el detective intentando mostrar su mejor cara de póquer. De nuevo la marcha de tambor en su pecho.


23 de julio de 2017

Cap. 11: Otro día en el trabajo

Desde el auto, el detective Corona hizo un paneo de la acera de enfrente, más precisamente, del encuadre aproximado que tendría una foto tomada desde su ubicación. Allí estaban todos los elementos: a su izquierda la gran maceta de barro adornada con los colores patrios y coronada con una palmera mustia y abandonada; unos diez metros a la derecha, el quiosco de periódicos; en el centro, las escaleras ocupadas por el mendigo de toda la vida y un poco más arriba la entrada a un refugio que conocía como nadie en la ciudad: la Biblioteca Municipal. Corona tomó una gran bocanada de aire, la retuvo diez segundos y comenzó a exhalarla poco a poco mientras contaba mentalmente un Misisipi, dos Misisipi, tres Misisipi… hasta diez Misisipi, intentando apaciguar la apresurada marcha de tambor que rugía en su pecho.

22 de julio de 2017

Cap. 10: Interludio

Pues lo hermoso no es otra cosa que el comienzo de lo terrible
en un grado que todavía podemos soportar. Todo ángel es terrible.
Rainer Maria Rilke


«Si pudiese entender el trueno, la estridencia o, como mínimo, el murmullo que precede a la debacle, podría adelantar los hechos y contarlos. Pero lo cierto es que el entendimiento no descifra significados brutales. Ni siquiera los significados nacidos de los actos propiciados por uno mismo. Puedo saber cómo y por qué mata un humano, por ejemplo, pero jamás sabré qué significa ese acto: ¿poder?, ¿lascivia?, ¿diversión?, ¿justicia?, ¿venganza? Es imposible descifrarlo y eso es precisamente lo que quiero hacer: descifrar el significado de los hechos para adelantarme a la historia que está por nacer. Pero, ¿puedo rasgar este velo denso y violento que nos envuelve y vislumbrar siquiera lo que se avecina? No. No puedo. ¿Qué hacer entonces? Especular es de necios. Sólo queda testificar los días y sus horas. Incluso a mí, que he movido tantos hilos y he susurrado en tantos oídos, sólo me queda testificar.