Cap. 2: El Estado de las cosas

14 agosto 2016

Las posesiones de Julia sumaban harapos, periódicos, cartones, hambre y un perro de raza imprecisa que la seguía a todos lados. Morgan, lo llamaba ella. Lo encontró cobijándose de la lluvia en el zaguán en que acostumbraba dormir y sin pensárselo mucho, le hizo espacio entre los cartones para que se echara a su lado. Era vieja, Julia: diecisiete años, cuarenta y cinco kilos, tres violaciones e interminables noches de miedo la convirtieron en el despojo que era.  Pero además, Julia era una furia y estaba destinada al fuego.

***

Después de horas de acecho a la fila de infelices, Julia por fin veía cercano el premio a su esfuerzo. Siguió con la mirada al hombre que con gran denuedo intentaba cargar la bolsa con los productos recién comprados. No era mucho el contenido, apenas un paquete de harina de maíz, una botella de medio litro de aceite vegetal y una bolsa de leche en polvo, pero la extrema delgadez del sujeto convertía la simple acción de acarrear aquel peso en un acto titánico. Un Sísifo moderno y desvalido a punto de ver rodar su roca. ¡Ve!, le dijo Julia a Morgan, y éste se apresuró a interpretar su papel.

El hombre estaba conmovido con la ternura mostrada por aquel perro que retozaba a su alrededor. Morgan movía la cola frenéticamente y daba saltos y giros cómicos interrumpiendo la marcha del sujeto. Llegó incluso a comportarse como un gato frotándose a sus piernas en movimientos sinuosos y afectivos. El hombre le acarició la cabeza e intentó continuar, pero Morgan se paró sobre sus patas traseras y lo miró con la lengua afuera en un gesto de amistad irresistible. Combatiendo el cansancio, el sujeto se inclinó para mostrarle la bolsa, abriéndola y permitiéndole olisquear en su interior. No tengo nada para ti, amiguito, dijo con tristeza y respiración entrecortada. Luego sintió el golpe redentor, un dolor último que lo liberaba de sus miserias. Cayó sobre la acera convulsionando y otros tres golpes apagaron sus luces y sus estertores. Pero para mí sí, dijo Julia mientras recogía la bolsa y se alejaba con un Morgan ahora feroz, dispuesto a cuidar de su amiga, determinado a impedir sorpresas.

***

Agotada por el esfuerzo, Julia se sentó en los escalones de la entrada de un edificio cercano al zaguán que era su hogar. Colocó la gruesa barra de acero a su lado y al ver los restos de cabello y sangre en un extremo lloró amargamente. Morgan gimió y apoyó su cabeza en las piernas de la chica. Julia abrió torpemente la bolsa de leche en polvo y, mientras sollozaba, comenzó a sacar porciones que llevaba alternativamente a su boca y a la desesperada lengua del perro. Al tragar por tercera vez, la depredadora sintió romperse el mundo dentro de ella. Pensó en leones, en la utilidad de matar a la gacela para comerla. Al alejarse el león, pensó, deja atrás restos de comida. Pero ella sólo dejó una víctima, una cosa, un animal venido a menos que no alimentaría nada, salvo el dolor de los suyos y el de ella. Julia reprimió un grito. Por primera vez sentía pena por uno de sus anónimos, como los llamaba, y la potencia de aquel extraño sentimiento la sacudió de un modo violento. No soy humana, se dijo en voz baja y entonces sucedió el destino:

Así no es de utilidad. Julia se dio vuelta buscando, desconcertada, la voz. Detalló por un segundo a la anciana, sorprendida de que alguien le hablara. La leche… es mejor beberla, y con la harina y el aceite podrías freír masa y comerla, dijo la anciana al ver la confusión en el rostro de Julia. Ven, en casa podrás cocinar, y con gesto amistoso la invitó a entrar.

Quizá fuera la desolación la que impulsó a Julia a levantarse apoyándose en la barra de acero e incorporarse al hábitat humano representado por una anciana que la esperaba sonriendo. Moría la tarde y amenazaba con llover. Trae al perro.

3 comentarios!:

Glo dijo...

Por Dios, Manu. Me recordó a Clarice Lispector: "¿soy un monstruo o esto es ser una persona?" Besos

Manuel Viso dijo...

Wow! No sé cómo sentirme al respecto! Si es una broma, me descojono de la risa, porque es muy buena ;-) Si es en serio, es demasiado para mi ser comparado con Clarice Lispector. En todo caso, sobre su frase debo decir que ser un monstruo es ser una persona. Gracias mil! Por cierto, hacían muchos años que no recordaba a la Lispector... habrá que releer

Manuel Viso dijo...

Ah, por cierto... este es la continuación del anterior "Las condiciones objetivas" Lo leíste? Creo que vendrán más. Un abrazo

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