La palabra del señor

09 abril 2009

- Amigo vengo a ofrecerle la palabra del Señor.

¡Vamos!... hacía calor, estaba fastidiado y, seamos honestos, me encanta joder a los evangélicos. Yo soy así.

- ¿Perdón? – Levanté la cabeza de mi ejemplar de Urbe Bikini para ver al predicador, quien, como si de verdad hubiese sido enviado por Dios, observaba con talante indignado y prepotente, de lo más Moisés ante la adoración del Toro de Oro, las fotos de ese VERDADERO milagro del cielo que es Mónica Pasqualotto.

- La palabra del Señor. La puede usted leer en este ejemplar de...

- ¿Es como una guía, un manual, las instrucciones de mi mp3? - Interrumpí.

- Mejor. Es una vía para alcanzar el cielo.- Dijo con sonrisa de vendedor de seguros.

- ¡No me jodas!

Me levanté de un salto y tapé la boca del salvador de mi alma. Miré en todas direcciones y bajando la voz lo reprendí por imprudente: - ¡Eso es ilegal, pendejo! Además en esta plaza hay cámaras, micrófonos y espías por todas partes. ¿Ves aquella viejita? Esa caraja es agente de la DEA. ¿Pero qué pasa con ustedes? ¡Esto no es Ámsterdam, becerro. Esto es Caracas!

Nervioso, no, asustado, intentó recomponerse y recobrar algo de la dignidad inicial. Trató de señalar el ejemplar de Despertad, pero lo cubrí con las caderas de la Pascualotto y señalé a la viejita con la boca.

- Pero yo sólo quiero...

- ¡Cállate gafo! ¿El Señor no te enseñó técnicas para abordar a la gente? No puedes andar por allí ofreciendo esa vaina como si fuera una Biblia. ¿Qué tal si yo fuera un puritano evangélico y empiezo a gritar y a llamar a la policía? ¿Ah?

- ¡Pero usted no entiende!... Iba a ofrecerle...

- No digas nada. Yo entiendo, créeme. Seguro estás pelando bolas y quieres ponerte en unos reales fáciles y bueno, qué carajo, el señor es mi pastor, ¿ah? – Dije guiñándole un ojo.

Él estaba confundido y comenzaba a verme como a un loco peligroso.

- Es... mi... passs... tor... ¿Entiendes? Tú sabes: ¿pastor?... ¿mula?... Olvídalo.

Lo rodeé por los hombros y comencé a caminar con él alejándolo de allí. Tomé el ejemplar de Despertad sin apenas mirarlo, rápidamente, y lo puse dentro de la Urbe Bikini. Hay algo de Justicia Poética en eso, ¿no?

Una vez suficientemente alejados de la gente, me paré frente a él, a menos de 15 centímetros y lo emplacé:

- ¿A cómo el gramo? - Dije mirándolo fijo a los ojos y componiendo un gesto terrible, de esos en los que no sabes si están por asesinarte o jugarte una broma.

- ¿Cómo? No entiendo - Tragó saliva.

- ¡¿Que cuanto cuesta el gramo, muchacho marico?! – Dije agitando las revistas en mi mano.

- ¿Pero si no sé cuanto pesa?

- ¡Tú si eres pollo, mi pana! ¿También te tengo que enseñar? A ver, ¿qué más tienes en ese maletín? ¡Sólo dímelo, no lo abras!

- Bueno... esteeee. Tengo Despetad y Atalaya.- Dijo casi sollozando.

- ¿Atalaya? Ufff. Debe ser fuerte. ¿No tienes piedra? - Dije ansioso, simulando comer la uña de mi pulgar derecho y desarrollando un tic nervioso en el ojo mientras miraba, paranoico, en todas direcciones.

- ¡Contesta, pues! Piedra, ¿tienes piedra?.

- ¿Esa la hace quien? - Ya casi lloraba.

- ¡Mira, carajo! ¿A quién le robaste tú esta vaina que no sabes ni siquiera lo que llevas ni cómo se vende? - Dije tomando el maletín.

- ¡No señor yo no he robado a nadie! Yo...

- ¡Robaste al Señor! ¡Coño, le robaste al Señor!

El tipo entró en pánico y me empujó arrojándome al suelo mientras me arrebataba el maletín. Era justo lo que necesitaba. Comencé a gritar con fuerza mientras me incorporaba: Agárrenlo, agárrenlo, me robó el maletín y dos amables policías lo persiguieron listos para molerlo a palos. Ya saben, ¡son tan abnegados! Recuerda: el policía es tu amigo.

Me apresuré a bajar al metro. No me gusta meterme en esas cosas.

Regalé la revista a un niño que pasaba (¡la Despertad, degenerados, no la Urbe Bikini, yo soy un buen tipo!) y tomé el tren.

Sentado en un asiento para la tercera edad, miraba embelezado a la Pasqualotto.

Ummmm... voy a arder en el infierno.

¡¡¡Nah!!!.....



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